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Notas Iplac Occidente Colectivo y su Crisis Ética.

Del Optimismo Bobo, a la Agresión Global.

En los años noventa del siglo pasado, un sentimiento de victoria, recorrió los círculos académicos europeos y norteamericanos. La supuesta derrota del Marxismo, parecía augurar un tiempo de grandes esperanzas para los admiradores de la Economía Política y de la Democracia Liberal. Como joven estudiante de Ciencia Política en aquella época, el autor fue testigo de ese clima de alborozo. Francis Fukuyama, con su clásico: El Fin de la Historia y el último Hombre y Samuel Huntington con: La Tercera Ola, anunciaron la llegada del “Paraíso Capitalista”; mientras los liderazgos de muchas naciones – entre ellas Argentina – se adecuaban a los “nuevos tiempos” con ostentosos gestos de genuflexión. La disolución de la Unión Soviética, fungió las veces de fin de ciclo.

Lo que no sabíamos era que la Historia tenía aún muchos vericuetos inaccesibles para los que no sabían, ni deseaban, acercarse a ella con prudencia. Muy pocos avizoraron el futuro, lleno de escenarios imprevistos. Rusia, China, Irán; están hoy liderando un: “eje alternativo de poder”, que centrado en la idea de “lo público”, elije priorizar lo colectivo. Hay, en fin, otro Mundo, vasto y complejo que, con su pujante irrupción en el escenario internacional, está destruyendo aquella visión optimista de los años noventa, como nos lo ha mostrado Gabriel Fernández, en Fuentes Seguras, un libro profundo y brillante, de reciente publicación.

Hay, pues a nuestro juicio, muchas cosas que revisar.Sergio Rodríguez Gelfestein nos hablaba, hace muy poco, de una “crisis civilizatoria en varios niveles” del mundo occidental; remarcando que existen en nuestro planeta, modelos alternativos de organizar y conducir sociedades modernas en el siglo XXI. Su mirada es interesante, porque rompe con cierto etnocentismo, que no ha dado cuenta de las transformaciones que han ocurrido en todas las regiones de la Tierra, desde por lo menos el fin de la Segunda Guerra Mundial. Es un buen momento para hacer un “giro epistemológico”, intentando analizar los acontecimientos desde “nosotros mismos”, tal y como lo recomendara el gran Enrique Dussel, lamentablemente desaparecido hace muy poco tiempo.

Ante todo, resalta la “Cuestión Ética”, el modo de concebir y entender los valores. El Occidente Capitalista, está empeñado en imponer sobre el resto de la Humanidad, un Utilitarismo bastante ramplón, brutal y auto destructivo en sus resultados prácticos.: una “Nueva Sofística”. Está gobernado por mercaderes y saqueadores convencidos de que “la administración de lo público” es un “costo”. Y los intelectuales que los secundan, baten el parche del Escepticismo, dónde cómo diría Enrique Santos Discépolo: “la Biblia convive con el calefón”. En una palabra, la “Nausea” de Jean Paul Sartre, se ha convertido en un fangal purulento.

Estamos hablando, entonces, no de una “breve crisis política”, sino de algo más grave y profundo: de “una crisis de civilización”. La batalla principal es hoy, una batalla por la Ética, un combate por hacer extensivo a todo el globo, la “reconstrucción de lo colectivo”, iniciada por los países de Oriente. Somos “seres gregarios”, y no “sujetos oportunistas”, átomos en un mar de especulaciones maximizadores del mero interés individual. La “victimización del Yo frente al nosotros”, enunciada por el Modernismo, está siendo funcional a las determinaciones de un minúsculo grupo de arribistas inmorales, dueños del dinero; unos “viles apologistas de la maldad”, disfrazada de bellos oropeles de resonancias anacrónicas.

Digamos, en conclusión, que hay una “simbiosis perversa entre subjetividad relativista y egoísmo”, que fascina a los que no quieren “subordinar el Yo” a las reglas que hacen posible una convivencia armónica con los demás. San Agustín daba en el clavo, cuando escribía que: “la preocupación excesiva por uno mismo, es la puerta que conduce el Infierno”. Hay que tener claro, que la “apología del disvalor”, es una manifestación elocuente de las intenciones de las élites occidentales, transcriptas a lenguaje académico. Y hay en todo esto un acuerdo tácito entre “conservadores y progresistas”, en torno a un discurso con tufillo reaccionario, pero al mismo tiempo profundamente a moral.

Por eso, cuando algunos nos asumimos “populistas, colectivistas y nacionalistas”, estamos dando el primer paso para una “reconstrucción ética del mundo”. Los demás seres vivos – todos ellos – y en particular el resto de las personas, “son siempre la solución”, la llave, el camino, para las pequeñas y las grandes realizaciones de la Humanidad. Haber abandonado, por consejo de tipos como Friedrich Nietzche – un enfermo psíquico durante toda su vida, misógino, racista y violento – la venerable convicción de que: “la vida tiene un propósito moral”, que va más allá de nosotros mismos, ha sido un error gravísimo de la Filosofía Moderna; un engaño empobrecedor; la semilla del “pesimismo existencialista”, que les ha entregado a los poderosos, grandes beneficios.

Pero Occidente tiene tradiciones venerables que puede y debe “reactualizar”: el pensamiento greco latino, el primer cristianismo, el Humanismo del Renacimiento, algunos textos de los Liberales Clásicos y el Socialismo. Están allí para ser usadas como “cajas de herramientas” en la tarea de otorgar significado a la “acción grupal”, como instancia superadora del Individualismo. Rechazar esa horrible frase de Sartre: “El infierno es el otro”, es en la actualidad una tarea impostergable. Todavía existen, en muchas partes, miles de personas que desean apostar por la Solidaridad, como un campo propicio para el despliegue de sus sueños y esperanzas.

Por ejemplo, ¿no adquiere un sentido novedoso la “lucha de clases”, cuando la proclaman desde foros globales, algunos millonarios famosos, con enérgica petulancia? Sujetos ante los cuales – dicho sea de paso – Ebenezer Scrooge, el patrón despótico de Un Cuento de Navidad, de Charles Dickens, parece un predicador de la Orden Franciscana. Unos tipos despreciables, que ni siquiera tienen glamour; sofistas iracundos convencidos de la verdad de aquella frase de la República de Platón que dice: “La Justicia es lo que conviene al más fuerte”. Siendo posible también, repasar ese texto liminar que fuera: Imperialismo, Fase Superior del Capitalismo, de Vladimir Ilich Ulianov, más conocido como Lenín; donde se pone luz sobre la “impúdica alianza” entre sistema político y sistema financiero, puntales de un “modelo de dominación global”, mucho más sutíl y decadente que los anteriores, pero no por ello menos real.

El planeta está volviendo a ser lo que era antes del siglo XV, con su “eje” en el Océano Indico y en el Mar de la China. Halford J Mackinder, Alfred Mahan y Friedrich Ratzel deben ser revisitados, porque los pueblos del Asia Central, se están levantando contra el atraso, el oprobio y la explotación gratuita de sus recursos estratégicos. Portan múltiples potencialidades para hacerse valer, sumando y no restando a la construcción de un “espacio geopolítico” que, con Rusia, China e Irán, dibuja otro escenario distinto al de la última postguerra. Todos los que soñamos con un “mundo más justo”, al menos “más equilibrado”, debemos discutir – otra vez – las “cuestiones de fondo” y podemos hacerlo “desde lo general a lo particular”, como recomienda siempre el Papa Francisco, en la huella de Aristóteles. Se hace imprescindible abandonar – de una vez por todas – el “fetiche de la deconstrucción”, herramienta supuestamente de avanzada, pero en los hechos funcional al esquema de poder que dice cuestionar. En esto chinos, rusos y persas, nos llevan ventaja, al no estar contaminados de “relativismo ético”.

La brutal ambición del Atlantismo, es seguida de actos muy agresivos y violentos, disfrazados de “defensa de un orden internacional basado en normas”, que es una mentira y un despropósito. El optimismo de los años noventa, se está muriendo, lenta pero inexorablemente ante nuestros ojos, pero a un costo demasiado alto. Hay que ofrecer un enfoque alternativo del mundo contemporáneo, que sirva para la liberación de nuestros pueblos. La Política tiene sus tiempos, pero la reflexión comprometida puede acelerarlos, si se cuenta con personas cultas, dispuestas a jugarse por un “ideal trascendente”; cosa que el utilitarismo moralista dice despreciar, pero que al mismo tiempo teme.

En fin, en medio de la frustración y el desencanto que produce un sistema de dominación imperial en crisis, no hay que quedarse quieto. Como solía repetir Juan Domingo Perón, es crucial predicar otras ideas: las nuestras. Hay un mundo nuevo, que está naciendo de las cenizas del antiguo; pero que trae con él, ecos del Pasado. Ecos de la Revolución Bolchevique de 1917 y de la China de 1949, de la Segunda Guerra Mundial o de las luchas por la Liberación de los pueblos coloniales, en los borrascosos años sesenta del siglo XX. Ecos – finalmente – de palabras como “Socialismo”, “Nacionalismo” o “Justicia Social”; parte de un programa que las naciones otrora oprimidas están desarrollando, a pesar de la brutal arrogancia de los malvados.